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July 27

Los Modlin

 

REPORTAJE

 

La vida perdida de los Modlin

 

EPS Nº 1588

Eva Lamarca 04/03/2007

 

Fot. Paco Gómez / Nophoto

 

Los Modlin llegaron a Madrid desde Hollywood en los setenta. Eran atípicos: el padre, actor; la madre, pintora, y el hijo, modelo. Amigos del escritor Henry Miller. Durante 30 años habitaron un mundo excéntrico. La muerte los borró del mapa. Hasta que alguien encontró sus objetos en la basura y reconstruyó su vida.

 

 

 

El cadáver de Nelson Modlin lo encontró un día su mejor amigo. Había muerto fulminado en el salón de su casa antes de alcanzar el teléfono. Según la autopsia, los infartos sufridos durante su vida le partieron el corazón en tres. Su madre había fallecido en 1998, cuatro años antes. Esa noche, su padre la amortajó en la cama y la fotografió en el fúnebre sosiego que él mismo hallaría cinco años más tarde en un hospital madrileño, tras perder el conocimiento aferrado a una botella de Jack Daniel’s, con el cerebro devorado por el alcohol y consumido por la pena de la desaparición de su hijo y de su mujer, el amor de su vida. A los Modlin, una excéntrica familia americana afincada en Madrid desde los años setenta, les sorprendió la muerte de forma tan inquietante como la manera que ellos eligieron para vivir. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Blogs que enlazan aquí "Cuando encontré todo aquello, pensé que caía en mis manos no por casualidad. Beía investigarlo" "Nelson trató de buscar su identidad. Se pasó la vida intentando alejarse del ideal proyectado para él" "Los papeles de segundón del padre apenas si podían mantener la alegre vida familiar" Una noche de 2003, Paco Gómez, fotógrafo -revelación PhotoEspaña en 2002 y miembro del colectivo Nophoto- y aficionado a rebuscar entre basura, encontró en la calle del Pez de Madrid una montaña de trastos viejos. Una vida tirada por la ventana. Ropa, paquetes caducados de comida, libros en inglés, cartas, hojas manchadas de pintura, revistas ajadas y decenas de fotografías en blanco y negro en las que tres personas posaban desnudas en extrañas posturas. Cogió los retratos, algunas cartas y las instrucciones de una exprimidora, y se lo llevó a casa. Gómez había adquirido la costumbre de hurgar en los desechos durante sus veranos de estudiante universitario, cuando ayudaba a su padre, basurero. “Esa noche pensé que aquello caía en mis manos no por casualidad. Algo me empujaba a investigar la vida de los Modlin”. Así empezó, con la ayuda de su amigo Jonás Bel, a interrogar a los vecinos, al cartero, a los dueños de los bares de la zona; fue descifrando los lugares que mostraban las fotos. Un dato le iba conectando con otro: “Quería descubrir hasta las cosas sin sentido”, dice hoy inquieto mientras mira una caja decorada que su novia le ha regalado. En ella guarda las piezas de este rompecabezas que pronto convertirá en película documental (La familia Modlin). Para resolver el enigma ha rellenado los huecos que paso a paso, pregunta a pregunta, ha ido conociendo; ha recompuesto los esquemas de sus vidas. Apuntar un detalle, unir otro, reconstruir espacios, tal como hacen los arqueólogos con las ruinas. Margaret Marley y Elmer Modlin se conocieron en 1948 actuando en una obra de teatro en la Universidad de Carolina del Norte. Se enamoraron. Un año después se casaron y decidieron marchar a Los Ángeles en busca de fama, independencia y libertad. Los padres de él no entendían que quisiera ser actor, y a los de ella no les gustó que su hija se uniera con el primogénito de un agricultor. Tuvieron un hijo, Nelson, en 1952. Las fotos en blanco y negro congelan la imagen de un ser hermoso y ceñudo, de ojos oscuros y labios brillantes, de aire melancólico y seductor. Obsesionados por el éxito y la belleza, matricularon al niño en el Hollywood Professional School, un centro de arte dramático al que acudían los vástagos de las deslumbrantes estrellas de cine. A principios de los sesenta, Elmer era un actor popular de la televisión gracias a su papel de enfermero en la serie Hospital General y sus colaboraciones en Embrujada. Mientras, Margaret estudiaba un posgrado de arte. Los papeles de segundón del padre apenas si podían mantener la alegre vida familiar. Los Modlin decidieron entonces abrir un restaurante vegetariano, poco frecuente aún en la época, al que se aficionaron escritores como Orson Welles, Anaïs Nin, Aldous Huxley y Henry Miller. Este último era ya autor consagrado tras haber publicado sus trópicos, novelas prohibidas en países de habla inglesa por pornográficas. Miller se convirtió en piedra angular de la pareja. Ambos le idolatraban; Margaret releyó hasta siete veces su libro El tiempo de los asesinos, sobre Rimbaud, y le agasajó con cientos de misivas. El fotógrafo Paco Gómez las ha recuperado. Tras muchas intentonas logró entrar, en febrero de 2006, en la casa de los Modlin en Madrid. Allí, en el altillo de un armario, encontró, encuadernados en cartulina azul y con olor a polvos de talco, varios tomos con todas las cartas transcritas a máquina. En 1969, antes de que los Modlin llegaran a España, Miller posa para el cuadro de Margaret Henry Miller ve más que un águila. Un retrato en el que el escritor aparece sentado sobre una columna griega, frente a un arpa con cara de mujer, un búho a sus pies y vistiendo enormes alas. “Los dos lo consideraban un ser supremo, pero intuyo que hubo una relación incluso amorosa por parte de Miller hacia Elmer”, cuenta Carlos Postigo, amigo de la pintora y marchante de arte. El escritor garabateó a pluma en la contraportada de Trópico de Cáncer, su libro más famoso: “Para Elmer y su tercera existencia”. Margaret fotografía cada uno de estos detalles que los unen. Obsesionada, llegó a pedirle al escritor que certificara que había posado para ella. “Querido Miller”, escribió Elmer, “¿podrías verificar en una nota que efectivamente posaste para tu retrato? (...) Una de las mejores galerías de Madrid está interesada en la obra, pero cuestiona la autenticidad de la firma. Pensamos mucho en ti y esperamos que estés bien. Que Dios te bendiga siempre. Elmer”. Un mes después, el autor contesta: “Querido Elmer, perdona por el retraso, pero estaba curando mi ojo. He decidido que voy a operarme. Te he enviado el certificado que me pediste, pero me ha sorprendido que se cuestione la autenticidad de mi retrato... Mi nuevo libro, My Life and Times, está yendo muy bien; ahora no tengo ninguna copia a mano, pero te enviaré una. Saludos. Henry Miller”. Un golpe de suerte sacudió a Elmer cuando logró un pequeño papel como uno de los adoradores en La semilla del diablo, de Roman Polanski, el filme que encumbró al director polaco. Después no volvió a recibir más ofertas de cine. La falta de trabajo y el estallido de las revueltas raciales de Watts en Los Ángeles preocupaban a los Modlin. Seis días, 34 muertos, miles de heridos, 4.000 detenidos y cientos de edificios en llamas. Un hombre degusta su cerebro con una cuchara en un cuadro que Margaret pinta. Estaban hartos, la ilusión de Hollywood se había roto. Henry Miller les anima a viajar a España. Él había visitado Grecia invitado por Lawrence Durrell y escribió El Coloso de Marussi, un monumento lírico a la sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un alegato por la paz. Alentados por el escritor decidieron emprender el viaje. Enviaron de avanzadilla a Nelson, con sólo 16 años. Así se libraba, iniciando sus estudios en el extranjero, de la guerra de Vietnam. Encontró una habitación y una plaza en el Colegio Americano de Madrid. “Era una persona de una belleza física y humana tan fuera de lo común que era difícil ignorarle”, cuenta Jaime Lipton, el que desde entonces se convirtió en su mejor amigo. “Vivía en un mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Imagina un niño de 16 años viviendo solo que nada más llegar al colegio dijo que quería montar un grupo de objetores de conciencia. Era interesantísimo”. El sentimiento pacifista lo heredó Nelson de su padre. Según su diario, Elmer se describía como el primer marine que pisó la tierra japonesa de Nagasaki el 9 de agosto de 1945, tras la explosión de la bomba atómica en la II Guerra Mundial. Como objetor, con tan sólo 20 años, fue destinado a un barco hospital que se ocupaba de trasladar a los heridos estadounidenses y a cientos de prisioneros de guerra. “Nagasaki aparecía como una gran extensión de cenizas en negro y gris. Un crematorio holocáustico provocado por el odio y el supremo espíritu del mal con jirones de acero restantes de unos pocos edificios retorciéndose agónicos hacia el infierno”, trazó en Nagasaki y yo, un relato sobre su experiencia. Aquella ciudad consumida, como una tumba gigante, le aterró de tal modo que años después su mujer lo pintó desnudo, acurrucado, con la cara de una calavera, indefenso ante una enorme bomba atómica acechante. Él y Nagasaki. Con todos esos cuadros de Margaret metidos en cajones de madera, la pareja se trasladó a Madrid en 1970, un año después de su hijo, en busca del sueño no cumplido de Hollywood. “¿Sabes?”, mecanografía Margaret a Miller el 24 de octubre de 1973, “tú nos animaste a venir a España cuando hablábamos de dejar EE UU. Gracias a Dios que lo hiciste, porque nunca sabrás lo feliz que soy, y creo que puedo decir lo mismo de Elmer... Quería compartir todo esto contigo, porque tú eres probablemente la única persona en este mundo que entiende nuestro modo de vida... ¡Esperamos tu visita!”, se lee en inglés en otro de los cuadernos que Gómez guarda amontonados en su casa y su estudio. Desde las islas Palisades de California, el Día de Acción de Gracias, Miller responde: “Querida Margaret: tu carta ha llegado justo después de volver del hospital... Estoy encantado con las cosas que me cuentas. Qué bien que eligierais España. ¡Y que no os haya decepcionado! Durante la operación de hace unos meses perdí la vista en el ojo derecho. Leer es muy difícil, y escribir, más bien cansa. Así que, por favor, perdóname si no te escribo tanto como me gustaría... Sinceramente, Henry Miller”. España no les decepcionó. Todos tenían trabajo. Nelson había empezado la carrera de modelo y de actor. Elmer anhelaba buenos papeles de cine. Pero aquí se vivía el boom del destape. Actuó en Un curita cañón, El diputado, Los nuevos españoles, Ellas los prefieren... locas, de Mariano Ozores, o Historia de O, 2ª parte. Interpretaciones malas en las que representaba siempre a un americano sin muchas luces, pero que él disfrazó para Miller: “Dios me ha dado un golpe de suerte y me ha proporcionado fantásticos papeles”. Mientras, Margaret se dedicaba a pintar. Primero, con la luz del norte; luego bloqueó todas las ventanas y cerró los balcones. Quería hacerlo con luz artificial. Sus cuadros, firmados siempre con sus tres emes, encierran una mezcla insólita de erotismo e integrismo religioso. Una pintura llena de símbolos sobre el Apocalipsis de San Juan, personas desnudas con poderes sobrenaturales y planetas de colores. También de Franco, de quien Margaret se enamoró. “Yo era niña cuando encontré una foto del general; un hombre con unos ojos brillantes, oscuros y una hipnótica mirada. Era extrañamente guapo. Años después tuve la oportunidad de verlo junto a Nixon. Cuando bajaron del coche entendí que Franco era mi ideal de soldado cristiano. ¡Tenía que pintarlo! Aunque parezca increíble, me di cuenta de que él me buscaba con su mirada, la misma que yo recordaba de pequeña. Corrí a casa y empecé a hacer algunos bocetos”. En 1978, gracias a su amistad con el escritor José García Nieto, Margaret fue una de las primeras extranjeras que mostraron su obra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Su marido le había pedido a Miller que escribiera sobre ella para el catálogo de la exposición. “Deseo que sea el día más emocionante de su vida, y por eso quiero que el mejor escritor de todos los tiempos... ¿Podrías hacer eso por mí?... Créeme. Mis pensamientos y rezos están siempre contigo. Nunca sabrás lo que significas para nosotros. Dios te bendiga siempre. Elmer”. Miller aceptó. Trazó un boceto a mano y luego mecanografió en un papel esta nota: “Las fantasías de Margaret Modlin tienen un toque femenino y místico. A veces parece que hacen a uno recordar a Di Chirico, o Dalí, o Max Ernst, pero sigue siendo solamente un parecido. Margaret Modlin no es meramente una criatura independiente, sino más bien una pensadora original e inimitable. En ella hay ecos de George Elliot, Plotinus y de aquella novelista británica obsesa por el amor (Maria Corelli). Definitivamente sabe dónde va, lo que está haciendo aquí en la Tierra, y por qué la vida es mejor que la muerte. Coquetea con los grandes maestros, pero no está obligada a ninguno. Para ella, vivir es suficientemente mágico. Ella no pide milagros”. Los Modlin vivieron aislados en su casa de la calle del Pez. Nunca aprendieron a hablar castellano. Tras los permisos correspondientes, y en su fascinación por coleccionar todos los cachivaches de la familia, Gómez recogió hasta el teléfono de la vivienda. Sobre la base de plástico, en una etiqueta escrita a bolígrafo, se leía: “Quiero una bombona de butano. Quiero dos bombonas de butano. No, gracias, ahora no está aquí”. Pero, pese a su encierro, no pasaron inadvertidos. “Todo el mundo conocía a los Modlin. Es más, mi colaborador Jonás y yo hemos tenido siempre la sensación de que la gente nos estaba esperando cuando llegábamos a preguntar”, relata. Igual de pasmado se quedó cuando su hija Carmela, de dos años y medio, expresó mejor que nadie su obsesión. Un día, jugando, levantó el teléfono y le dijo: “Papá, es Margaret”. Y preguntó luego a la supuesta mujer del otro lado: “¿Estás con Nelson?”. Pero quienes de verdad han ayudado al fotógrafo a entender el universo Modlin han sido los últimos amigos de la familia. Como Miguel Cervantes, albacea del testamento. “Elmer era para Margaret su enlace con el mundo”, explica. “Para él, ella era una diosa. La adoraba”, evoca también Garrison McDavid, otro colega americano que le ayudaba a traducir algunas cartas. “En esa casa, todo giraba en torno a ella”, asegura Lipton, amigo de la familia. “Era una mujer férrea, infranqueable; proyectaba una especie de disciplina personal que asustaba. Enunciaba su doctrina y era capaz de emitir juicios inapelables sobre las personas”. La imagen que Lipton tiene de Elmer es la de un hombre pasional y sensible. “La relación de ellos era casi como de esclavo y maestra”. Menos involucrado en ese mundo que se crearon a la medida de sus sueños, Nelson se marchó de la casa familiar en 1980. Quería ser empresario. Comenzó a traducir libros y películas, subtituló al inglés las primeras cintas de Almodóvar. Era la voz que anunciaba los aviones de Barajas y las promociones de El Corte Inglés. A sus padres los veía poco. En sus cumpleaños y por Navidad. “Nelson trató de buscar su propia identidad. Se pasó la vida intentado alejarse del ideal que habían proyectado sobre él”, cuenta Lipton, sentado en el comedor de su casa mientras contempla las fotos que Bel y Gómez le muestran. Nelson empezó a trabajar en los estu-dios de Radio Nacional de España, en emisiones para EE UU. Allí conoció a Olga Barrio, presentadora del informativo de TVE. En 1986 se casaron, pero el matrimonio duró poco. En verano de 1993 se enamoró de Susana Jarabo, su segunda mujer. Ella tenía 22 años, estudiaba arte y trabajaba como camarera. “Era mi cliente favorito. Tenía un sentido del humor muy particular”, recuerda Jarabo echando la vista atrás. Empezaron a salir y vivieron juntos un lustro. “Era una persona fantástica, capaz de reírse de sí misma. Llenaba el espacio allá donde iba con esa personalidad tan especial”. Y también era reservado, lleno de mutismos. No hablaba de su pasado. “Me estoy enterando ahora, gracias a Paco, de cosas que ignoraba”, asegura. Ella sólo visitó una vez la casa de los Modlin. “Era deprimente, vivían anclados en el pasado; el padre vestía trajes remendados de hacía tres décadas, las paredes estaban sin pintar? Era cutre. Hasta presumían de que les gustaba el vino en tetrabrick”. Susana trabajaba entonces en una galería de arte, y Margaret le preguntó su opinión acerca de sus pinturas, añadiendo pretenciosa: “¡Ni Velázquez!”. “Yo, que no quería quedar mal, le comenté que eran un poco distintos”, recuerda. Al salir, los padres susurraron al hijo que no volviera a llevarla a su hogar. “Luego he vuelto a ver las obras, y algunas son interesantes, parecidas al Dalí de después de la II Guerra Mundial; pero en aquel momento, ver la obsesión de la madre con su marido e hijo, esas pinturas de desnudos, esa relación morbosa que existió entre los tres, me espantó”. Una exposición con los cuadros de Margaret y el material encontrado en la basura se inaugurará en breve: “El objetivo es encontrar un mecenas en España que se haga cargo de la colección, tal y como querían los Modlin”, dice Gómez. “En caso contrario, los herederos quieren que la obra viaje a EE UU”. Nelson y Susana se separaron el mismo mes que Margaret murió. “Su madre lo llamaba constantemente por la noche; le decía que me dejara, que se iba a morir”. La envidia y el desamor. Nelson estaba furioso, decepcionado, harto. “No les perdonó que no le dieran la independencia que ellos mantuvieron con sus familias. Que se vinieran a España con él”, dice Susana. En noviembre de 1998, Margaret murió de un ataque al corazón. Abatido por perderla, Elmer se precipitó a la bebida. Impresionado por el estado de su padre, Nelson se ofreció a pagarle la comida en el restaurante bajo su casa. Ana, la cocinera, rememora cómo lloraba frente a un plato de comida. Tuvo relaciones con otras mujeres y hombres, que no sirvieron para paliar su dolor. Nelson trabajó 12 horas al día durante años. Al final trató de cambiar su vida. Se compró una casa de campo para ir de pesca. Volvió a enamorarse. Estaba más relajado, pero no quería abandonar aún sus compromisos. Por eso sus compañeros supieron que algo había sucedido cuando el 3 de junio de 2002 no acudió a una cita. Lipton lo encontró en un petrificado paroxismo, intentado llegar al teléfono. Tenía 49 años. Sobrevivir a su hijo destrozó a Elmer. “Había desaparecido lo que él más quería”, cuenta Postigo. Durante casi un año permaneció en su decrépita casa, hasta que una noche de mayo perdió el conocimiento agarrado a una botella de bourbon. Su vida también se apagó. El azar, o lo que Gómez llama “las causas y efectos entrecruzados”, ha hecho que la historia de su familia perdure. Como los Modlin siempre ambicionaron.

 

 

April 19

Paisaje industrial

El mes pasado me acerqué a Bilbao para ver la exposición "Art in the USA: 300 años de innovación" y una obra allí expuesta me recordó la portada de una vieja revista que tenía por casa, en la que se reproducía el óleo "Montgat", de Raimon Sunyer, fechado en 1988. Nada tienen que ver ambas obras pero por una libre asociación de ideas las relacioné. La obra en cuestión es "Buffalo Grain Elevators", de 1937.

Ralston Crawford (1906-1978). “Ascensores de grano de Buffalo (B

Ralston Crawford (1906-1978). “Ascensores de grano de Buffalo (Buffalo Grain Elevators)”, 1937.
Óleo sobre lienzo. 102,2 × 127,6 cm. Smithsonian American Art Museum, Washington, D.C.

Cuando regresé a casa rebusqué por toda ella hasta lograr encontrar la vieja revista. Se trata de "Serra d'Or", nº 349, diciembre de 1988. En su interior encontré un pequeño comentario en catalán que aprovechando una mañana libre traduzco, corto y pego en esta pequeña pizarra.

"En tiempos en que la pintura --y casi todas las artes-- se ha convertido en fáciles exhibicionismos, deslumbrantes pirotecnias o agresivos exabruptos, reconforta topar con la voz --con la mano o el color, quiero decir-- de algún artista para quien aún la pintura es un gesto amoroso, un chorro de incesantes caricias, un trabajo largo y paciente, una búsqueda de la pasión y la exactitud, un diálogo con sí mismo y con el expectador. Frente, pues, de la estridencia y el absurdo deseo de sorprender de todas formas, Raimon Sunyer nos propone una pintura hecha de suaves modulaciones, de fluctuantes matices, de profunda compensación y simpatia --en el sentido griego del término-- hacia la realidad, las cosas y las personas, o sea, a lo que San juan de la Cruz, Luis Cernuda o Frederic Mompou van a osar llamar "música callada".

Raimon Sunyer - Mongat - 1988

Raimon Sunyer. "Montgat" 1988

Ya sea envolviendo de luz dorada las desiertas naves de unas fábricas decrépitas y polvorientas, ya sea vistiendo de horas y silencio alguna de las "casas con grandes árboles" de Tiana, o bien concentrando toda la atención en unos pocos objetos y utensilios caidos en desuso --los cuales parecen adquirir sentido a fuerza de no servir ya para nada más--, la pintura de Raimon Sunyer siempre me produce la misma impresión: detrás del lienzo se esconde una voz discreta y retirada, una voz que ha optado por hacer su camino al margen de modas e histrionismos, una voz que sabe que en arte la mejor velocidad es la lentitud; la mejor consejera, la fidelidad a uno mismo.

Para no extenderme casi más, yo diría que, tras los cuadros de Raimon Sunyer, lo que se esconde es un poeta, un poeta de trazo silencioso del color y la forma, alguien con una profunda sensibilidad que se apropia del mundo que le envuelve, lo recrea y nos lo devuelve bajo los efectos de una luz diferente, la de sus ojos, pues si el poeta es fundamentalmente una voz, el pintor es fundamentalmente unos ojos. Todo verdadero artista sabe, sin embargo, que una voz y unos ojos, cuando se abocan a escuchar los ecos de su propio corazón, acaban encontarndo lo mismo: el enigma de la realidad, que siempre ha sido lo más dificil de descifrar.

A.S.

 

March 21

Don Quijote y Sancho juegan al ajedrez

Estas últimas navidades, por cuestiones de familia, tuve que pasarlas en Altea, Alicante. Aprovenchando la cercanía de la ciudad de Valencia fui a dicha ciudad para visitar, en la sede de Bancaja, una exposición celebrada en esas fechas de los cuadros que Joaquín Sorolla realizó, por encargo de Hispanic Society of America, bajo el título "Visión de España", y que con motivo de su restauración han sido traidos a España para ser vistos, antes de ser colocados en su ubicación original, la sede de dicha institución neoyorquina.
Cuando me acercaba a la sede de la exposición pasé junto a la monumental Puerta de los Serranos, me detuve a hacerle alguna fotografía y estando en estas, vi en el suelo, junto a un contenedor de papel y cartón, una revista muy ajada y mojada, ya que había llovido bastante por la noche. Me llamó la atención y me agaché a recogerla. Era un ejemplar de "Europe Échecs", Nº 307, Julio 1984, revista francesa dedicada al ajedrez. Su portada me llamó enseguida la atención pues mostraba una pintura en la que aparecía Don Quijote y Sancho Panza, sentados en el suelo jugando una partida. Pese a su lastimoso estado la guardé en mi pequeña mochila con intención de mirarla con mas detenimiento. Me gustó la ilustración y aprovechando estos días libres de Semana Santa coloco en este pequeño dietario virtual dicha ilustración con el pequeño texto que aparece en el interior del ejemplar acerca del autor de dicha obra, traducido lo mejor posible que mi escaso francés me permite.
 

Portada Ajedrez detallePortada Ajedrez

“Sancho Pança is countig the kiebitz” (Sancho Panza está contando los espectadores).Tela en acrílico de Roland Partos, que mide 90 x 90 cm, que data de 1982, realizada por el artista a raíz del artículo que le concierne, aparecido en Europe Échecs nº 278 de febrero de 1982. Sobre un fondo campestre en amarillo y verde, Don Quijote disputa una partida de ajedrez. Está apoyado sobre su puño cuyo guante parece un Caballo, y medita la jugada que él podría hacer. Ha dejado su morión atravesado por una bala. Sobre el tablero se distingue una final Rey + Torre + 2 Caballos + 2 Peones contra Rey + Torre y 4 Peones; los Peones Negros están aislados y las tablas parece posible. Al fondo, unos molinos de viento parecen refrescar a Don Quijote. Sancho panza contempla con una plácida sonrisa un árbol cuyo tronco y ramas componen numerosos espectadores según una técnica querida por el arista. Se cuenta una veintena de cabezas,  la mayor parte de los GMI (Gran Maestro Internacional) de épocas pasadas.

La finura de la realización y la belleza de la naturaleza son un factor del conjunto orlado por el lindero de un bosque y una colina típicamente jurásica. Es preciso saber que la madre del artista es de origen suizo, nacida en Chaux-de-Fonds. El cielo es parcialmente claro, pero algunas nubes lo cubren por encima de la cabeza de Don Quijote, simbolizando el riesgo de ver el triunfo escapársele.

Colección privada de Charles Partos. Foto de Louis Risacher.

 

Roland Partos, de 55 años a día de hoy, hermano mayor de nuestro colaborar y amigo Charles Partos, es nacido en Rumania de donde emigró para los estados Unidos en 1964. Estudió en la “Nacional Academy” y en el “Art Students League” de New York, donde él se estableció. Obtiene unos éxitos importantes en los Estados Unidos y en Canadá, y sus telas están expuestas en numerosos museos y colecciones particulares. Pintor figurativo, especializado en retrato y paisaje, ha logrado una síntesis perfecta de los dos y el examen atento de sus obras hace de repente aparecer decenas, centenares de fisionomías diversas, escondidas en lo más profundo de la materia; y los paisajes fantásticos, los cielos luminosos, las rocas, las montañas, los árboles, las olas del océano son los testigos de toda una humanidad pasada, presente y futura. Sus intentos monocromos son de lo más interesante.

Roland Partos ha sido fuertemente influenciado por el juego del ajedrez. Atleta de competición en su juventud, fue campeón de Rumania de los 100 metros (11 segundos, 2 décimas en 1951), de los 200 metros (23 segundos, 7 décimas), y formó parte con su madre y su hermano Charles, con 10 años de edad entonces, del equipo “Prima Banat” de Timisoara.

Del 10 de julio al 10 de agosto, Roland Partos pasará unas vacaciones en Francia y en Suiza. Y sería deseable que el próximo campeonato del mundo Karpov – Kasparov le inspire nuevas obras a un artista cuya trayectoria no está lejos de recordar a la de Marcel Duchamp.

 

Sylvain Zinder

 

EUROPE ÉCHECS Nº 307 Julio 1984

January 29

Candados en Donostia-San Sebastián

 Puente de María Cristina (1)Puente de María Cristina (2)Candado 1Candado 2Candado 1 (detalle)Candado 2 (detalle)

Candados encontrados en el pretil del Puente de María Cristina de Donostia - San Sebastián el 6 de diciembre de 2007.

EL PAÍS SEMANAL nº 1635 27-01-07

REPORTAJE: LIBROS

Y el cuento se hizo realidad

FRANCESCO MANETTO

Un escritor que retrata el universo juvenil, novelas que recogen leyendas urbanas y un puente en Roma que rebosa candados. Federico Moccia, un fenómeno literario que aterriza en España.

Silvia y Manuel han hecho hoy novillos. “Teníamos algo más importante en nuestros planes y llevábamos un mes programándolo”, dice ella, 14 años pasados soñando entre los caserones de las afueras de Roma. Él calla y, sólo tras señalar el río Tíber, masculla: “Ahí está”. Acaba de lanzar la llave que pretende sellar su amor después de un año de relación. El símbolo de su compromiso sólo es un candado, un anodino trozo de metal. Sin embargo, junto a él hay miles más que engalanan las barandillas del milenario puente Milvio y dan fe de una fábula contemporánea vivida con pasión por millones de adolescentes italianos. Porque esta historia empieza como un cuento, entre las páginas de un libro, y enseguida se convierte en algo real.

Y es que pasear por el centro de la capital italiana, curiosear entre los escaparates de las vías del Corso y del Babuino o ir de copas por el barrio de Trastevere se han convertido, desde hace unos años, en una forma de entrar en el universo literario de Federico Moccia. Este escritor de 44 años, que acaba de publicar la novela Perdona si te llamo amor (Planeta), es el responsable de un fenómeno editorial y social que le ha llevado a vender millones de copias a jóvenes de entre 11 y 18 años. Nada de ciencia-ficción o fantasías improbables. Lo suyo son unas historias de amor llenas de adolescentes que hablan de ropa, sexo, se divierten, no les hacen caso a sus padres, participan en carreras clandestinas, fuman, beben crecen y se enamoran.

Moccia lo admite con serenidad sentado en una azotea del barrio de Prati, donde nació, y a dos pasos de ese puente que convirtió en uno de los símbolos de su obra. “Empecé a escribir siendo muy joven, observando y viviendo. Entonces empezó a plasmarse mi primera novela, Tres metros sobre el cielo [De Bolsillo, 2005]”. Ese manuscrito, acabado ya en 1992, fue rechazado por todas las editoriales. Para quitarse el gusanillo, el autor, que ha trabajado como guionista en cine y televisión, decidió autoeditarse: hizo circular algunos centenares de ejemplares y se dio por satisfecho. Hasta que, en 2003, el productor de cine Riccardo Tozzi entró en una copistería y vio a una chica fotocopiando ávidamente una montaña de folios. “¿Qué asignatura es?”. “No son apuntes, es una novela”. Tozzi apuntó el título y esa misma tarde le preguntó a su sobrina: “¿Sabes algo de ese libro?”. “Claro, en mi liceo, todos lo hemos leído”. Lo demás es simple rutina de un caso literario. El productor quiso comprar los derechos para una adaptación cinematográfica y se puso en contacto con Moccia, que por su parte volvió a llamar a las puertas de los editores. Fue suficiente alguna adaptación de los contenidos para que Feltrinelli le lanzara al estrellato.

Basta un paseo entre café Sant’Eustachio, donde sirven uno de los mejores espressos de Roma, y el restaurante Amatriciano, refugio de famosos que quieren ver y dejarse ver, para darse cuenta. Esos escenarios habituales de las novelas de Moccia se convierten los fines de semana en las pasarelas favoritas de los adolescentes. Giulia y Elena, de 16 y 17 años, están apurando unas hamburguesas sentadas junto al panteón de Agrippa. Llevan gafas de sol, lucen teléfonos móviles de colores chillones y se les ilumina la cara cuando oyen el nombre del escritor. Cuentan que es imposible no conocerle, que ven sus vidas reflejadas en un libro y que están a punto de ir a un café que frecuentan algunos personajes de Moccia. Como Alex y Niki, el publicitario treintañero y la adolescente protagonistas de Perdona si te llamo amor. Él los vio paseando por el centro y desde entonces se han convertido en estrellas, aunque nadie sepa quiénes son realmente.

“Niki es una chica común. No es famosa ni muy guapa, pero es resultona. Un día la vi paseando por la vía del Corso”, cuenta. “De repente, se pone a hablar con su madre por teléfono y después encuentra a un chico mucho mayor que ella. Vi que ese hombre le gustaba y me pregunté: ‘¿Cómo serán sus vidas? ¿Podrían estar juntos?”, prosigue. Las respuestas y la imaginación plasmaron esa novela que transcurre en una Roma alejada de los circuitos turísticos tradicionales. Por ejemplo, los alrededores del puente Milvio. Los protagonistas del segundo libro de Moccia, Ho voglia di te (Tengo ganas de ti), publicado en 2006, deciden sellar su compromiso poniendo un candado en la tercera farola de ese puente. “En Roma hay muchas tradiciones, desde echar una monedita a la Fontana di Trevi hasta poner la mano en la Bocca della Verità. Pero eran demasiado conocidas, así que decidí inventar una. Una semana después del lanzamiento, crucé el puente y vi que alrededor de la tercera farola había más de cien candados. Fue una sensación increíble: te das cuenta de que dices algo en broma y se convierte en una realidad”. Esos cien candados se multiplicaron en muy poco tiempo y el Ayuntamiento de Roma se vio obligado a retirarlos ante el peligro de que la farola se cayera. El partido de Silvio Berlusconi aprovechó la ocasión y clamó contra el alcalde de centro-izquierda de la capital, Walter Veltroni. “La izquierda está en contra del amor”, dijeron. Así que el Ayuntamiento habilitó unas barandillas para que los enamorados, llegados de toda Italia, puedan consumir el ritual. Y lanzar la llave pronunciando las dos palabras más banales y sorprendentes de una historia de amor: “Te quiero”.

Perdona si te llamo amor está editado por Planeta.

 

August 23

Hoja volandera

Cuando menos lo esperas surge alguna pequeña sorpresa. Esta mañana, revisando algunos libros que estaban en una estantería alta y que casi no me acordaba de ellos, he encontrado uno que contenía un billete de autobús a Madrid, de Continental-Auto. Supongo que fue el que leí en esos días y que utilicé para hacer más llevadero el viaje... y si he de ser sincero, apenas leo en los viajes, prefiero mirar desde la ventanilla el paisaje, así como todos y cada uno de los pueblos que se atraviesan. Me gusta empaparme de lo que veo y descubro... por esos mundos de dios o del diablo o véte tú a saber de quien. ¡Bueno! Creo que empiezo con las digresiones, asi que corto. Junto al billete habia un pequeño anuncio de una función teatral, esas pequeñas hojas volanderas que servían hasta hace unos años para anunciar una obra de teatro que se estaba representando. No sé cómo llegó ahí, supongo que la recogería estando en Madrid y la guardé, ya que no fui a esa representación. No es gran cosa, pero ne ha dado lástima que estas pequeñas hojas se olviden. Para que ello no suceda y alguno pueda disfrutarla también, la coloco en este pequeño espacio que, iníciase con esta pequeña entrada, forma parte de ese gran espacio que es Internet. 

 

latina doble ed recor

 
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Raddle xyz

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Complexión normal: 173 cm; 73 kg; velludo y de pelo castaño con canas y ligeras entradas, bigote y a veces barba; gafas. "Prefiero hacer que las cosas pasen que ver como las cosas pasan".
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juan carloswrote:
Lo de empleado no quiere decir que trabajas me supongo .
June 5
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